17 F. AMARRARSE A LA VIDA.

Nos conocimos en los treinta y tantos, así que ambos habíamos tenido experiencias anteriores que nos hacían buscar una pareja de forma más madura y consciente. Ambos habíamos vivido solos varios años también. En él encontré grandes puntos positivos: buena persona, valores similares, objetivos compatibles como pareja, colaborativo con las tareas del hogar, trabajador, responsable, familiar, ingenioso, inteligente, talentoso y culto, con un gran sentido del humor, generoso, cariñoso, tranquilo pero apasionado y un largo etcétera que fui descubriendo poco a poco, y que me hizo admirarlo cada vez más e ir, también, enamorándome poco a poco.

Cuando la relación se convirtió en algo más serio, tuvimos una conversación. Le hablé de mis necesidades, de mis líneas rojas, de mis problemas de salud y de mis miedos. Después le pregunté si él también quería decirme algo a mí; abrirse. Dijo que no. No le creí del todo, porque obviamente todos tenemos nuestras sombras. Pero no insistí, decidí respetar.

Sin embargo, yo ya tenía pistas de algo que no me terminaba de encajar. Él sufría mucho de ansiedad. Era algo bastante continuo, con brotes puntuales que lo dejaban incapaz de disfrutar de la vida. Con los años, esos brotes puntuales, empezaron a ser mucho más habituales y empezaron a acompañarse de grandes ataques de pánico que lo dejaban totalmente paralizado.

Entre tanto, varios intentos de ayudarlo proponiéndole visitas a terapeutas y psicólogos a las que él, siempre muy obstinado, se negaba. Y las pocas veces que sí accedía, topaba con profesionales con los que o bien no “cuajaba”, o bien no conseguían ayudarlo de verdad. Cuando uno va a terapia tiene que abrirse para conseguir resultados, confiando en el proceso, en el terapeuta y en uno mismo. Pero él, al igual que conmigo, no llegaba a sincerarse del todo en consulta, porque ni siquiera se reconocía a sí mismo en un problema mucho más profundo, el que verdaderamente causaba sus problemas de ansiedad, los cuales eran solo la punta del iceberg.

Siendo una persona que, a pesar de todo, podía afrontar sin grandes inconvenientes la vida profesional y familiar, la sensación continua era de un tenso “aquí no pasa nada”, totalmente artificial.

Desde el principio de la relación, observé que él tenía unas costumbres muy diferentes a las mías en cuanto a consumo de alcohol se refería. Tanto mis padres como su círculo más cercano de amistades eran abstemios. Yo había consumido alcohol desde la adolescencia, pero en general de una manera muy puntual y moderada.

De él, no me sorprendía que cada tarde, después de trabajar, pasara un rato en el bar de cervezas con los amigos, o que, en las cenas puntuales con ellos, llegaran todos a casa con “demasiados cubatas encima”. Tampoco me sorprendía que, en casa de su familia, las celebraciones o comidas familiares fueran acompañadas de vino, cerveza y algún licor con el postre, al igual que en otras celebraciones sociales. Al fin y al cabo, todas ellas son costumbres muy comunes, ampliamente aceptadas en nuestra sociedad y cultura que, en principio, no tienen por qué significar ningún problema. Ni siquiera me saltaron del todo las alarmas con las copas de whisky que se ponía en casa algunas noches de fin de semana, leyendo tranquilamente en nuestra terraza. Eso le gustaba, le relajaba, le hacía sentir bien ¿por qué iba a estar mal?

Lo que yo no conseguía justificar, eran esos chupitos de whisky diarios. Nada más levantarse, casi la primera acción del día: chupito. Luego, a trabajar. Al medio día, más chupitos. Por la tarde, más chupitos… Y luego, al bar. Eran mini-dosis, sí, pero… ya no era algo que hiciera con disfrute, era más bien como un hábito esclavo; una adicción.

Seguí intentando que asistiera a alguna terapia o, al menos, que pidiera ayuda para la ansiedad a su médica de cabecera. Él seguía negándose y, en la vorágine del día a día, sin un suceso grave impactante que nos sacudiera definitivamente, era difícil no seguir quitándole, ambos, importancia a este “hábito malsano”.

A finales del año en que nos casamos, después de cuatro años de relación, me quedé sin trabajo y me enfrenté a una cirugía mayor, así que empecé a estar mucho tiempo en casa. Es aquí cuando, sin proponérmelo, comencé a “bucear” un poco, atisbando así la parte de ese iceberg que se ocultaba bajo el agua.

La oficina en la que él trabaja está a ocho minutos de casa. Los viajes a media mañana para subir a casa a por un chupito, o a reponer la botella de whisky (hay una bodega de camino), eran varios cada día.

Empecé a estar más preocupada, a tener mucho más miedo y también a ser mucho más agresiva en mis intentos de que reconociera que necesitaba ayuda, y la buscara. Me acostumbré a tener la cabeza más ocupada en él que en mí.

Sin decirle nada se me ocurrió que, cada vez que yo viera una botella nueva de whisky en el armario de la cocina, marcaría un punto en el calendario. Al finalizar el mes, había veintitantos puntos. Él adivinó lo que estaba haciendo. Le pregunté si con tal ingesta de alcohol en casa (más la del bar, reuniones sociales, etc.), esa asiduidad, esa compulsividad en su consumo, esa necesidad, no reconocía ya por fin que, a pesar de ser un adulto funcional en su vida personal y profesional, tenía un verdadero problema de adicción.

A partir de aquí, vinieron varios intentos de dejarlo por su cuenta. Muchas negativas de nuevo a pedir ayuda, ni siquiera a su médica de cabecera (intuyo que por el miedo a tener que dejar el alcohol forzosamente, a cambio de medicarse para la ansiedad, y la depresión que ya estaba “asomando”). Muchas confrontaciones por parte de ambos. Muchos cambios de estrategia por mi parte, tratándole por turnos como la poli buena, la poli mala, como una madre preocupada, como una hija cuidadosa, como una pseudo terapeuta…, inclusive como a mi igual; como la pareja de un adulto responsable y estable…, que es lo que quería que fuera, que fuéramos. Y después, vuelta al punto de partida y vuelta a fracasar con todos los enfoques…, y otra vez a empezar.

Vinieron unos cuantos síndromes de abstinencia: un cuerpo frío, sudoroso, tembloroso y pálido que temblaba a mi lado en la cama (estados que yo solo había visto en las películas) y una boca que seguía negando lo evidente. Muchas “conversaciones”, en las que sólo hablaba yo. Él, que nunca fue agresivo, en su pasividad e incomunicación era duro como un muro. También muchas preguntas. ¿Por qué intentaba dejar algo si, según él, no era un problema? ¿Si sí era un problema, entonces por qué no pedía ayuda? ¿Si ya había comprobado que él solo no podía, por qué no me dejaba ayudarlo, por qué no buscábamos juntos un centro especializado, un experto, un grupo? ¿Por qué seguía diciendo que él controlaba, o que él solo podía? ¿Por qué no quería estar bien de verdad? ¿Por qué se seguía engañando? ¿Por qué elegir el sufrimiento cuando había remedio? Pero razonar no servía.

En cualquier caso, como yo me decía a mí misma, él era adulto y yo no podía obligarlo a nada. Y, aunque pudiese obligarlo, el resultado sería otro fracaso si él no ponía su entera voluntad en el proceso. Lo único que estaba en mi mano decidir, era si continuar a su lado o no. Y por momentos, yo sentía que él quería curarse, que, aunque no fuera capaz de reconocerlo, sabía que estaba enfermo de adicción. Pero la adicción te posee, toma el mando y te persigue, te sabotea los planes de recuperación, te hace necesitar seguir mintiendo y mintiéndote. Entendí que ser adicto es vivir aislado en un desierto. Que el alcohol para él, por mucho que costara comprenderlo, era como el agua para cualquier ser humano ¿y cómo vivir sin agua?

Entre tanto, llegó nuestro turno en la larga lista de espera para un tratamiento de fertilidad, al cual contesté “no, por ahora” por los grandes riesgos que podía conllevar para mi salud (por mis patologías crónicas previas, que no eran pocas ni sencillas) y porque solo nos daban una oportunidad. Tratamiento al que habría dicho “sí” si hubiese sentido que él estaba ahí, que estaba fuerte, que estaba sano, que estaba implicado en el duro proceso que nos había tocado vivir para poder intentar formar una familia. Pero no fue así. Pensé que la clínica lo pospondría solo un par de meses (y que quizá él en ese tiempo podría mejorar de verdad, motivado por nuestro sueño común), pero nos volvieron a poner al final de la cola de una lista de espera de años.

En septiembre de 2019, debido a un suceso extraordinario, en su oficina entró el trabajo de todo un año en tan solo un mes. Y yo, por necesidad de ambas partes, comencé a trabajar en la misma empresa. Esto me ayudó a comprobar cosas que ya sospechaba. Como que, siendo un “simple” empleado, las tareas, las responsabilidades y la carga laboral y organizativa que él tenía allí, estaban más bien a un nivel de socio. No así las ventajas, claro. La presión por parte de su jefe; brutal. El estrés y la tensión continua; palpables. El trato con los usuarios y los clientes, a menudo enfadados y atropellados; extenuante. La desigualdad entre compañeros en cuanto a cantidad, efectividad de trabajo, méritos y valoración; absolutamente injusta.

Cuando esta situación se le hacía insostenible, lo que cada vez era más a menudo, salía de la oficina cinco minutos “para respirar y despejarse”. Como trabajábamos juntos, a veces me iba con él, para tomar algo en la cafetería e intentar ayudarlo a despejarse. En cambio, empecé a conocer su ‘modus operandi’: café y chupito, o un carajillo, o solo un chupito, o un par de ellos: uno al pedir, otro al pagar… (más lo que bebía en casa, en las tardes del bar, y en las reuniones sociales… aunque estas sí, cada vez eran menos). Cada vez que salía, no era para tomar el aire, era para beber y “calmar” así, supuestamente, la ansiedad. Pero al final todo esto no conseguía más que incrementarla e incrementar nuestras confrontaciones, también mi nivel de ansiedad y el agotamiento físico, mental y emocional generalizado de ambos.

En febrero accedió, por fin, a pedir ayuda a su médica de cabecera para afrontar sus problemas de salud mental. Ella le recetó ansiolíticos y antidepresivos. También le remitió a psiquiatría (aunque todavía tardarían en citarlo por primera vez casi dos años).

Comenzó el tratamiento, dejó el alcohol de nuevo (parece que de una manera más contundente esta vez, ya que estaba contraindicado con su medicación), y empezó a hacer deporte, a dormir mejor y a tomar contacto con la meditación y su respiración. Parece que vamos bien, pensé, que por fin llegamos a algo bueno…

Un mes después, llegó la pandemia. Miedo e incertidumbre generalizada, pero también un punto, en inicio, positivo: el teletrabajo. En casa, él trabajaba con mucho volumen también, pero con algo menos de presión, menos desconcentración y en un ambiente mucho menos agresivo, lo que favorecía que él fuera mucho más productivo y disminuyera su ansiedad. Todo esto era bueno para su tratamiento, ya que así conseguía tener más energía para ocuparse de él mismo.

Pero, sin trabajarse la parte psicológica, no conseguía poner límites y el teletrabajo se convirtió claramente en algo negativo: en otra adicción. Pasó de trabajar unas nueve o diez horas diarias a unas catorce o quince, más las del fin de semana y festivos, a un nivel de alta concentración y responsabilidad. Su vida era estar pegado al ordenador y al teléfono. Nuestras confrontaciones aumentaron de nuevo, inevitablemente.

Aunque consiguió seguir haciendo algo de deporte, cada vez estaba más agotado. Comía mejor, pero perdió mucho peso. En su entorno se preocupaban por si comía bien. Yo les decía que dejarse el alcohol es lo que tiene: te quitas un montón de calorías vacías, evitas daño hepático e inflamación, cambias el bar por el deporte… Pero también me estaba autoengañando, porque yo tampoco le veía buena cara. Estaba pálido y su ánimo, que nunca fue el más jovial, estaba de capa caída. Internamente estaba luchando sólo por sobrevivir en ese desierto. Aunque ahora tenía alguna herramienta más para sobrellevarlo, seguía sediento.

En nuestro entorno hablábamos abiertamente de lo perjudicial que es el abuso del alcohol, pero nunca hablábamos explícitamente de adicción. Para mí era algo que tenía que comunicar él, tanto a su familia como a sus amigos íntimos. Yo le animaba a menudo a que lo hiciera (quizá ellos me ayudaran a ayudarlo, pensaba yo). Pero no lo hizo.

Si le preguntas hoy, te dirá que aguantó un año sin beber. No es cierto. Tampoco recuerdo con exactitud las fechas, pero la médica de cabecera empezó a retirarle la medicación paulatinamente a los ocho meses, ya que, aparentemente había una mejora. En este tiempo, dejó el whisky (al menos el diario), pero compaginaba cervezas y medicamentos desde los dos o tres primeros meses. Vio que “no pasaba nada” y se confió. “¡Total, una cervesica…!”. Y yo, ya no tenía muchas fuerzas para discutir, también estaba en mi propio proceso ansioso-depresivo.

Los dos estábamos deseando que mejorara su salud mental, así que tomamos el fin del tratamiento como una buena noticia. Aunque ya hubiese dejado los buenos hábitos en cuanto a alimentación, descanso y deporte se refiere. Pensé que, quizá, si la ansiedad y la depresión no le estaban atacando tan fuerte ahora, podría prescindir de esa válvula de escape que era el alcohol y mantenerlo esta vez, al menos, en un consumo moderado. Estaba equivocada. Yo ya había leído algo sobre adicción (yo misma he sufrido un TCA), pero todavía había conceptos que no tenía muy claros, como que: cuando la adicción consigue, mediante el abuso de la sustancia o conducta adictiva, alterar la química del cerebro de la persona afectada, se convierte en una enfermedad progresiva: un trastorno cerebral primario y crónico. Incluso en periodos de abstinencia.

Llegó de nuevo nuestro turno para el tratamiento de fertilidad. Tampoco estábamos preparados para afrontarlo tres años después, pero dije “sí”. Era la última oportunidad que nos daban, ya no lo podía posponer. Además, aunque la adicción al alcohol no es de las más caras (económicamente hablando), sí nos había hecho un agujero en la cartera que cada mes se llevaba el equivalente a una letra de hipoteca. Yo ya le había prohibido subir alcohol a casa, pero fuera seguía consumiendo, lo cual era más caro. Habíamos podido ahorrar algo en la pandemia, pero tampoco nos llegaba para afrontar tratamientos privados (ni de este tipo, ni de otros, como centros de desintoxicación, etc.).

Él casi nunca tenía vacaciones, pero ese junio nos fuimos a Granada unos días. Fue agradable, estuvo bien, pero yo no pude relajarme del todo en un ambiente de bares, tapas y cañas por todas partes… Con mis problemas de salud, estuve convaleciente y no tenía energía para estar de turismo todo el día, así que salíamos juntos por la mañana y por las tardes yo descansaba. ¿Y mientras, él? Más tapas y, sobre todo, más cañas.

Con este panorama reciente, al volver tuvimos que afrontar dos meses de verano muy duros, de calor agobiante y de descansar muy mal, de viajes interminables a la clínica de Alicante con el tráfico de esas fechas, de la tensión de pedir permisos de trabajo en temporada alta (ambos en la misma empresa y con otros compañeros ahora de vacaciones), de malas noticias, inconvenientes, contratiempos e infinitas salas de espera, medicándome y pinchándome el doble de hormonas que cualquier otra mujer en la misma situación, con todos sus efectos secundarios. Con una salud mental en un estado ya muy vulnerable, tenía que afrontar otros muchos miedos: a que no saliera bien, a que no saliera y además yo sufriera los efectos secundarios advertidos por los médicos…, y más cirugías, y más depresión y más agotamiento… O a que sí saliera bien, y fuésemos padres sin recuperarse él de su adicción activa, con todo lo que eso podía significar en el presente y en el futuro.

Finalmente, no salió bien y los efectos secundarios en mi salud aún perduran. Quizá no habría salido bien ni en diez intentos. Pero a mí aún me duele que el único lo afrontáramos así de mal, después de tantos años intentando y anhelando.

Terminando el verano de 2021 y durante los siguientes meses, llegué a rodear “buceando” el perímetro de ese iceberg, mucho más grande debajo del agua de lo que a cualquiera de los dos nos podría haber parecido desde fuera.

En uno de los momentos más duros y tristes de mi vida (en una vida que no ha sido nada fácil desde que nací), le pedí yo a él que no se hundiera, que se mantuviera a flote, que ambos estábamos muy débiles pero que no podíamos permitirnos desfallecer, que no había fuerzas para que todo empeorara más. Que la herida había sido profunda, que empleáramos las pocas baterías que nos quedaban en sanarla, paso a paso, y no en agrandarla más. Pero él no escuchaba; ya estaba en caída libre.

Cuando nos reuníamos en la terraza del bar nuevo que había abierto su amigo cerca de nuestra casa, en el tiempo que yo me tomaba un solo refresco, él se tomaba varios tercios. Además de los whiskys de antes de que yo llegara. Se lo notaba en su forma de hablar. Siempre bastante callado y discreto, excepto por sus bromas y chascarrillos que siempre me gustaron, cuando bebía de más se ponía charlatán, bocazas y poco prudente. Parece mentira, pero de esto yo no me había dado cuenta hasta entonces. Recordemos que él era un adicto funcional, que consumía pequeñas dosis espaciadas durante el día, salvo excepciones “justificadas”. Así que verlo tan desbocado a cualquier hora del día me impresionó. Me dio vergüenza ajena su actuación en la reunión de la comunidad de nuestro edificio. Ya no quería estar con él y con otras personas de nuestro círculo a la par.

Empecé a ver claro que el abuso del alcohol, como método de huida en la vida, le había traído la ansiedad por su consumo. Y no al contrario.

Entregado al trabajo y a la adicción, la convivencia en casa se hizo nula. Él por un lado, yo por el otro. Cuando nos conocimos, yo era muy independiente y necesitaba muchos espacios de soledad. Tuve miedo de perderlos al irnos a vivir juntos. Sin embargo, nuestra relación era un hogar en el que siempre queríamos estar cerca, aunque estuviéramos en actividades diferentes (él leyendo, yo con una serie…), nos íbamos siguiendo sin darnos cuenta por la casa. Ahora, nos íbamos evitando adrede. Él venía al salón, yo me iba a la habitación, y viceversa. Era insoportable tenernos cerca y el silencio lo inundaba todo, excepto por mis llantos, sola.

Con un consumo tan descontrolado, él había pasado a ser una especie de zombi. Olía desagradable, no solo el aliento a alcohol, sino su piel… todo él. La habitación que usaba de despacho, el dormitorio, en donde fuera que hubiese pasado un rato, había un olor rancio insoportable. Su piel estaba grisácea. Su abdomen hinchado, la cara también. No me miraba directamente a los ojos. Cuando lo hacía, los suyos eran dos bolas mates que no enfocaban nada en concreto. No me hablaba. Tardaba eternos minutos en quitarse los zapatos en la entrada de casa cuando llegaba de la calle, en un baile de tambaleos, mientras me miraba con reproche cuando yo lo observaba callada y pensando ¿cómo he llegado yo a esto? Me sentía tan ajena a todo este panorama, tan fuera de lugar.

No comía, prácticamente nada. Vomitaba todas las mañanas, a veces varias veces durante el día. ¿El qué? me preguntaba yo. Diarreas a diario también. Tampoco creo que bebiera mucha agua. Solo alcohol, todo alcohol. Ahora teletrabajaba algo, pero alternaba una hora de trabajo con dos de “dormir la mona”, y así todo el día. De las pocas veces que me dirigí a él fue para advertirle de que se le notaba mucho su estado al hablar por teléfono, se le enredaba la lengua y apenas se le entendía. Yo tenía miedo de que además de todo perdiera el trabajo. En otro momento, habría sido una buena oportunidad para cambiar a un trabajo menos absorbente y exigente o mejor valorado, pero ahora, que además a mí se me había acabado el contrato en esa empresa, no podíamos permitirnos un despido más que, además, yo pensaba que sería procedente si descubrían su estado.

Volver a casa por las noches para mí era un bajón. Conseguía abstraerme un poco de mi realidad cotidiana con mis compañeros y amigos o familiares (nunca dejé de realizar mis actividades individuales, en la medida en la que mi salud me lo permitía), pero cuando me acercaba con el coche a mi barrio para aparcar, me venía a la cabeza todo el drama que me esperaba y no tenía fuerzas para subir. A menudo me quedaba casi una hora sentada en el coche aparcado sin hacer nada, ni siquiera mirar el móvil. Había una energía tan triste y oscura, la de un hogar que ya no era hogar. Me habría quedado a dormir fuera tantas veces…

Y todo esto eran cosas “pequeñas” ya que, en nuestro caso, por suerte, no había violencia, ni grandes deudas, ni robos o hurtos, ni desapariciones durante una noche o varios días, ni camellos amenazando, ni cárcel, ni hijos que criar sola en esas condiciones…, como sí sucede en tantos otros casos, por desgracia. Pero yo sentía que me ahogaba, que yo estaba intentando salir del pozo con el agua al cuello mientras él estaba tirándome del pie hacia abajo.

Una noche llegaba y había sopa de fideos medio seca tirada por el sofá y el suelo. Otra vez, nuestra planta más grande y frondosa estaba deshecha y medio muerta, con la mitad de la tierra fuera. La cama, llena de polvo de tabaco al despertar día sí, día no. Cosas que desaparecían, que se perdían, o que aparecían rotas… Muebles y ropas que limpiar cuando no le daba tiempo a llegar al aseo… Era como cuando vivía sola, asumiendo toda la carga, pero ahora con un “bebé” gigante haciendo de las suyas a mis espaldas, el cual también corría peligro sin supervisión, pero al que no podía amarrar a una silla.

Por supuesto, yo no quería una relación así. Mi autotrabajo personal había fallado. Como contaba al principio, había tardado mucho en elegir pareja “definitiva” porque sabía bien lo que no quería. Y ahora, ahí lo tenía, todo lo que no quería, delante de mí. Ese hombre tan bueno se había transformado en mi torturador. Era como vivir en bucle ese antiguo castigo a los alumnos, ese de sostener unos cuantos libros con los brazos abiertos y extendidos, de rodillas durante horas… Yo habría preferido cargar cien kilos unos metros por las brasas. Creo que habría sido menos tormento.

Como decía, hablábamos poco, pero lo que hablábamos se perdía en el viento; él nunca recordaba nada después. ¿Cómo llamar su atención entonces? ¿cómo hacerle reaccionar? ¿cómo darle un ultimátum que surtiera efecto?

En algún momento, su médica de cabecera le había reanudado los ansiolíticos y los antidepresivos. Esta vez la mezcla iba con todo el alcohol que ya no podía dejar de tomar. Era una bomba de relojería. Me llamaba por teléfono para decirme cualquier cosa (como que, otra vez, no encontraba su cartera y llevaba dando vueltas por el barrio buscándola no sé cuánto rato), pero por su manera de respirar y dificultad en contestarme, a menudo yo creía que le estaba dando un infarto.

Vivíamos en vilo. Se me acababan las fuerzas, necesitaba que se acabara todo. Estaba teniendo pensamientos cada vez más dañinos y peligrosos para mí misma.

Le rogué una y mil veces, desconsolada en sus rodillas, que cogiera una baja médica (la adicción al alcohol es causante, incluso, de incapacidad permanente), que me diera un respiro, que se cuidara, que se dejara ayudar y se ayudara, que se quisiera un poco, que se agarrara a la vida. Pero su única prioridad era ir sobreviviendo con su adicción activa a cuestas y seguir siendo algo productivo en el trabajo.

Alguno de sus breves terapeutas le había aconsejado que escribiera sus tareas pendientes en una libreta, para evitar sobre pensarlas todo el día. La libreta estaba siempre medio abierta en su mesilla y en una ocasión no pude evitar ojearla. No lo volví a hacer y tampoco me gustó lo que leí: la mayor parte estaba dedicada a su trabajo. Esas eran sus tareas pendientes para él. De nosotros, de nuestra vida en común, de su salud, de su adicción, de mí, de mi salud… no hablaba. La única frase que me dio algo de esperanza tenía relación con volver a ser él mismo.

Desde finales de verano, yo le había dicho en varias ocasiones que, si salíamos del pozo el uno junto al otro, bien. Pero que, si su intención era dejarse caer al abismo arrastrándome con él, me lo dijera de una vez, porque siendo el piso de él, yo tenía que buscarme una alternativa a esa muerte en vida. Él decía que sí, que ya iba a parar. Pero al momento estaba igual o peor.

A mí ese año ya me habían dado varios ataques de nervios. Él los había sufrido en silencio, incluso con algún gesto de no entender por qué me ponía así… Aunque yo había vivido situaciones muy complicadas en mi vida anterior a él, nunca me había sentido tan perdida y descontrolada contra alguien. Me atormentaba, sobre todo, la sensación de estar con una persona a la que mi bienestar o, incluso, mi supervivencia, parecían importarle nada. Y en verdad, en esos momentos así era. No puedo describir la sensación de desaliento e inquietud ante el futuro. Si la persona que, supuestamente, más me quería me trataba así ¿qué podía esperar de los demás, de la vida? ¿cómo reconstruir mi autoestima?

Me dolía sentir que vivía engañada, ninguneada e ignorada. Que compartía mi vida con un señor extraño a quien ya no conocía en absoluto y cuyo comportamiento no entendía. Que las únicas emociones que sentía cada día fueran miedo, incertidumbre, rabia, ira, impotencia, frustración, culpa, sensación de incompetencia, baja autoestima, muchísimo estrés y ansiedad, decepción, y una tristeza y un agotamiento muy profundos, que casi me llevaban por delante.

En algún momento, encontré escondido un pack de botellitas de vodka a medias en su despacho de casa. En las ficciones televisivas se decía que era el licor menos detectable al olfato. Es curioso y muy desalentador ver como en cada centímetro de la vida cotidiana se hace referencia al consumo de sustancias, sobre todo de alcohol. Series, anuncios, programas, películas… y cada bar y cada terraza cercanos, hasta arriba de personas disfrutando de su ocio, entre las que también se encuentra, por desgracia, un gran porcentaje de enfermos camuflados y refugiados en la aceptación social.

Sin saber ni importarme si él sentiría vértigo o pánico ante la perspectiva de perderme definitivamente, en el puente de diciembre me fui unos días a casa de mi hermano, a unos 500 km de mi casa. Allí no podía quedarme, pero por lo menos me despejaba, me desahogaba, descansaba algo, desconectaba y me sentía apoyada. Cuando llegué allí, llamé a mi suegra para ponerla al día y advertirle de que había que estar pendiente de él para evitarle daños mayores o accidentes. Ella culpaba de su estado a que, tomando los medicamentos de la ansiedad, los juntara a veces con “alguna cervesica” (en su amor incondicional hacia su hijo, ella también se engañaba y negaba lo evidente). Le dije que no, que era mucho más que eso. Y mientras él estuvo relacionándose más con su familia esos días que yo estaba fuera, hasta sus sobrinas pequeñas preguntaban ¿qué le pasa al tío? Pero él continuaba enmudecido.

Al volver, hubo un ligero intento de mejoría por su parte. Y yo me consolé un poco al pensar que su familia ya sabía algo. Dar luz a un problema ayuda a empezar a solucionarlo. Sin embargo, eran malas fechas y llegó la Navidad. La mayoría de los regalos que recibía por trabajo eran botellas de alcohol. En nochevieja, compró una botella de cava para cenar los dos solos. No sé por qué le permití romper la norma de no subir alcohol a casa, no sé qué esperaba que pasaría… Yo apenas me mojé los labios para brindar, cada vez soportaba menos el alcohol. Él se terminó la botella en esa primera hora del 2022. Empecé el año llorando en silencio mientras él dormía. Me dolía tanto el esternón, de tanto llanto y tanta tristeza, que solo podía sentarme y andar encorvada.

En algunos momentos, también hubo episodios extraños de alucinaciones… Sin haberse quedado dormido, me preguntaba que a qué había venido fulanito a casa. Yo le decía que no había venido nadie. Él insistía en que había hablado con él… Y algunos otros ejemplos que ya apenas recuerdo, porque, en esos momentos les quité atención pensando que eran cosas de la posible embriaguez. Después aprendí lo que es el delirium tremens (cuadro confusional agudo producido por la privación alcohólica), y lo grave que puede llegar a ser. También lo peligroso que puede ser intentar la abstinencia de alcohol por cuenta propia cuando el consumo es tan potente.

Terminando la cuesta de enero, sin embargo, lo intentó por su cuenta una vez más y estuvo treinta días sin beber. Gran parte de mi familia vive fuera y apenas podía verlos. Con todos estos problemas de salud física y mental, más los problemas económicos y la falta de tiempo por las responsabilidades, se hacía muy difícil. A él tampoco le gustaba viajar, ni siquiera hizo un esfuerzo para acompañarme al entierro de mi abuela (en mitad de la pandemia, tuve que ir sola y en duelo a un pueblo a 600 km). Pues bien, acababa de nacer uno de mis sobrinos y quise ir a verlo. Tenía que ir sola, claro. Él tenía que trabajar. Volvió a consumir justo un día antes de que yo saliera de viaje. A mí ya no me sorprendía nada, pero me enfadé muchísimo porque estaba saboteando lo poco que me daba la vida a mí en esos momentos.

Estando esta vez a 700 km de distancia, los que tendrían que haber sido unos días de reencuentro en familia, bonitos y tiernos, fueron más bien un infierno. Pasé cada hora colgada del teléfono, con llamadas y mensajes. Él, viéndose solo y libre en casa, se montó una “fiesta” en solitario y subió todo el whisky que quiso. En alguno de esos días (la información me baila y no consigo recordar bien los detalles, ya que estaba enferma de nuevo, dormía apenas dos o tres horas al día por la preocupación, y estaba agotada y angustiada), me contó mi cuñada que él bebió tanto que cayó al perder la consciencia y se abrió la frente contra algo. Él no sabía si había sido dentro de casa o en la calle, pero en casa había sangre por varias estancias y aparecieron parte de las gafas que se habían partido en dos, sin herirle ningún ojo gracias a dios. No pude evitar pensar que quizá me habría tocado desandar esos 700 km de distancia recién enviudada, porque ¿y si se hubiese golpeado en la nuca en vez de en la frente?

Mi cuñada se deshizo de todo el alcohol de casa y, ahora sí, mi suegra estaba en pánico. Me pedía constantemente que lo buscara con el gps de su móvil, para ver si se había metido a algún bar e ir ella a buscarlo. En vez de desconectar y arrullar a mi sobrino o estar con mi familia (parte de la cual vivía en el extranjero y eran raras las ocasiones en que podía verlos), yo empleaba mi tiempo intentando calmar a mi suegra e intentando localizar a un adicto que, aún en su mal estado, seguía siendo astuto; le bastaba con dejar el móvil en casa para evitar la localización. Además, en apenas un par de manzanas tenemos en el barrio unos cuatro o cinco bares y en tres minutos él ya tenía una dosis dentro. Perseguirlo era una estrategia sin sentido. Cuando un adicto tiene por objetivo consumir, lo cumple hagas lo que hagas. Yo ya me había rendido bastante. Ya solo pensaba que por favor pasara lo que tuviese que pasar, para bien o para mal, pero que pasara ya.

Esta situación, por suerte, también me había traído mucho apoyo de mi cuñada. Le relaté al teléfono todo lo que buenamente pude, lo que podía expresar y recordar dentro de mi agotamiento. Ella también tenía preguntas. ¿Desde cuándo llevaba él así? ¿Cómo empezó? ¿Cómo se había hecho tan grave? ¿Cómo no quería él aceptar ayuda? ¿Cómo había aguantado yo todo esto sola? Etc. Yo me acordaba del cuento de la rana, ese en el que esta se encuentra en una olla con agua fría y se alarma un poco, pero no reacciona, se adapta a la temperatura del agua, que se va templando, y no salta ni se salva porque aún no se da cuenta de que va a morir cocida, ya que la temperatura va a ir subiendo tan paulatinamente que, para cuando empiece a arder, estará tan debilitada por los esfuerzos de adaptación que ya ni podrá saltar fuera. No siempre es bueno tener tanta capacidad de adaptación.

Y por fin, mi cuñado dijo que conocía a alguien que, a su vez, conocía a Vicente Onteniente (el presidente honorífico de GAEX: Grupo de Amigos Exadictos) y concertaron una reunión con él (a mí aún no me había dado tiempo a volver de mi viaje). Estuve algo escéptica, no pensé que él fuera a querer ir. Pero sí fue, en estado de embriaguez, pero fue. Acompañado de su madre y su hermana, tuvieron una reunión privada con Vicente y ese jueves él asistió a su primera reunión de adictos grupal. Cuando conseguimos hablar por teléfono él y yo para saber qué tal le había ido esa primera vez, él ya había pasado por el bar. Decepción.

Conseguí volver de mi viaje y me recogieron mis cuñados con él en Alicante. Me comía la ansiedad durante el trayecto. Verle la cara, el gesto, ver que era reticente a saludarme, notar su rigidez intentando autocontrolarse, percibir su olor, escuchar su verborrea… Seguía consumiendo, era obvio. Se me volvieron a deshacer las esperanzas. Esta vez, la única opción era que se fuera él a vivir a casa de sus padres. Por muy piso suyo que fuera, también era mi casa. Y yo necesitaba empezar a recuperarme ya. Si él estaba dispuesto o no, era su problema.

A la par, me esforzaba por recordar que él era una persona sedienta en un desierto, nada más. Pero también sentía mucha rabia cuando veía que él tampoco hacía el esfuerzo de acercarse con determinación a la fuente, aun viendo el oasis tan cerca. Ese oasis, que era GAEX, había que aprovecharlo a vida o muerte. Y a esa fuente, que no era más que su propia autodeterminación para sanar, había que abrazarla con valentía.

Afortunadamente, me sorprendió asistiendo a las siguientes terapias grupales (dos a la semana). Esas primeras tomas de contacto, a las que accedió todavía obligado, le hicieron comprobar cómo el resto de las personas que había allí eran simplemente como él. Con historias y vivencias muy diferentes y a la vez similares. De diferentes estratos sociales, en general apartados del típico cliché, pero padeciendo lo mismo. Personas con las que podía abrirse sabiendo que iban a comprender a la perfección lo que era atravesar un desierto; estar enfermo de adicción. Ellos y ellas eran su espejo.

Movido por esta buena acogida y teniendo a modo de recordatorio constante la brecha que aún se le estaba cerrando en la frente, la cual decía a gritos que en realidad no controlaba, que estaba tan enfermo que podía morir…, le bastaron un par de terapias para integrarse en las reuniones y empezar a llenarse de fuerza e ilusión. Había reaccionado ¡por fin! y, así pues, yo decidí que él, que en otras muchas ocasiones de nuestra vida en común había sido también un gran pilar amoroso, compasivo y respetuoso para mí y mis problemas de salud, merecía que yo hiciese lo mismo por él, ahora que había empezado a tomar las riendas de su recuperación. Eso sí, durante una temporada, las muestras de cariño para mí fueron imposibles, menos mal que su madre sí pudo darle todo ese apoyo afectuoso que yo aún no podía volver a mostrar. Yo también tenía que recorrer mi propio proceso.

En GAEX, las consignas no eran fáciles, pero sí muy sencillas. Para empezar, un lema presente cada día: “24 horas sin consumir”. Una gota no hace un océano, pero todos los océanos están compuestos de gotas. Cada hora, cada día, es lo que cuenta. Y para seguir, por supuesto: reconocer la adicción, querer abandonar todas las adicciones, respetar al máximo al grupo de amigos, ser humilde, ser sencillo, dejar de mentir y alejarse de entornos y personas perjudiciales. Construir una nueva vida, mejor. Escuchar mucho, sin enjuiciar, tomar nota de todo, abrirse más, no parar de intentarlo, aprender a perdonarse y a pedir y dar perdón también.

Él se propuso seguir la guía no profesional, pero si experta, de Vicente y Damián (el presidente actual de GAEX). Entre los dos, con sus estilos marcadamente diferentes, pero enfocados en el mismo camino y resultado, consiguieron que el 8 de marzo se convirtiera en un aniversario muy importante en nuestra vida. Desde ese día, casi 21 meses después, no ha consumido ni una gota de alcohol y hemos continuado asistiendo ambos a las terapias. Él a las de adictos y yo a las de familiares, un par de sábados al mes. En estas terapias, los familiares también nos encontramos con situaciones y personas “espejo” y con familiares más veteranas que nos aconsejan y guían gracias a su experiencia. Nos comprendemos, nos desahogamos, nos apoyamos y, sobre todo, aprendemos más sobre esta enfermedad y nos vamos liberando de prejuicios y conductas erróneas.

Finalmente, durante el primer año y algo de terapia, él contaba también con la ayuda de la psiquiatra que también le empezó a tratar la adicción al alcohol. Es curioso cómo, hasta que no contó que asistía a un grupo de ayuda para rehabilitarse de la adicción, ningún médico de cabecera, psicólogo o, incluso, la propia psiquiatra, le dio la importancia que tenía a lo que le pasaba, aunque él al final sí mencionara el abuso de la sustancia en sus consultas (o eso me contaba él, claro…).

Consiguió hablar más abiertamente con su familia y amigos íntimos de lo que le estaba pasando y lo que necesitaba de ellos a partir de ahora. Creo que ese simple paso, le ayudo a quitarse mucho peso de encima y a sentirse más fuerte para poder avanzar. Darle visibilidad a la adicción, es darle luz y esperanza a la recuperación. La sociedad en general tiene muy estigmatizada la adicción. Pero la sociedad la formamos personas, así que juntos podemos trabajar por revertirlo. Con información, con voluntad, con aceptación, con empatía y con respeto. Y ojalá que también con más medidas y apoyo por parte de las instituciones cada vez. Señor alcalde ¡nuestra asociación necesita un local adecuado más grande!

Poco a poco él también fue confesándome cosas que antes justificaba. Fue reconociendo que su cuerpo también sufría; por ejemplo su hígado, por ejemplo sus huesos (con múltiples fisuras “espontáneas” e incluso necrosis). Hubo una mejoría en el sueño también, antes lloraba y se convulsionaba muy a menudo mientras dormía e incluso tenía más episodios de sonambulismo (una vez casi me ahoga mientras dormíamos…). Ahora, por fin, dormíamos ambos más tranquilos.

La adición es una enfermedad muy dura, más que nada como adicto en activo. Sufren el cuerpo y la mente, y todos los que están alrededor. La abstinencia es solo el primer paso, el grueso del camino viene después de la desintoxicación. Con cada minuto del día hay que tener presente ese NO al consumo. Y hay que tener presente que la adicción puede reavivarse en cualquier momento. Las recaídas, aunque no son deseables, también son parte del proceso de recuperación. Hay que confiar, pero nunca levantar la guardia. Hay que permanecer en el oasis, bebiendo de la fuente, y evitar el desierto abierto.

Sin embargo, a pesar de todo esto, la adicción también es una enfermedad “dulce” como adicto en rehabilitación. Al estar en abstinencia y tomar los mandos de la vida, asumir la condición con humildad, responsabilizarse de la salud y cambiar los hábitos, se consigue tener una buena vida. Y esto es una clara ventaja sobre la mayoría de las enfermedades, que conllevan una gran sintomatología y a menudo degeneración, incluso estando en tratamiento.

Hoy en día, la vida continúa siendo un reto, como nos sucede a todos (de hecho, durante el primer año de rehabilitación, enfrenté un proceso judicial muy duro para mí, y nuevos problemas de salud han aparecido) pero, en lo que a su adicción se refiere, vivimos bastante tranquilos. Continuando, eso sí, con las terapias. Manejando la confianza en su justa medida; ni deficiencia ni exceso. Trabajando nuestra comunicación, siempre difícil. Cuidando el respeto. Manteniendo un equilibro entre poner límites y practicar la capacidad de adaptación y la tolerancia justas. Limpiando el drama. Recomponiéndonos individualmente, con paciencia. Reorganizando paso a paso nuestra vida social y familiar. Recuperándonos, con amor y coraje. Aceptando lo que fue y lo que es. Sanando. Toda una labor paulatina de desescalada, de deshielo del iceberg.

Todavía hay partes de mi ser que reaccionan involuntariamente con ansiedad antes cosas tan nimias como el ruido de un pequeño cristal apoyado en la encimera de mármol de la cocina (por el recuerdo de los chupitos diarios), el ruido de una bolsa de plástico al entrar él por la puerta (por las continuas compras en la bodega) o que en algún momento no hable cuando tenemos la cara cerca (como antes hacía para evitar que oliese su aliento etílico). Con eso hay que seguir viviendo, pero con el tiempo se va calmando.

Que sirva nuestra historia como ejemplo para estar atentos a los indicadores sutiles de la adicción. Para aprender a no restarle importancia a conductas sospechosas, pero poco explícitas, porque también esconden una enfermedad a la que es más difícil responder si no se está muy alerta y muy firme y que, por lo tanto, puede agravarse sin necesidad. Si me estás leyendo y te sientes identificada/o, ante cualquier indicio: busca orientación y pide ayuda. GAEX tiene una tasa de éxito muy alta cuando hay un compromiso real por parte del adicto. Y, si el adicto se niega, tampoco te quedes eternamente a su lado, seas el familiar que seas. A veces, los golpes de realidad ayudan más que cualquier otra cosa. Y la salud y la calidad de vida de todos y cada uno de nosotros y nosotras es importante. Ayúdate.

Ojalá él hubiera reaccionado antes, ojalá yo hubiera sabido hacerlo de otra manera mejor. Pero gracias porque al final lo hizo: se amarró a la vida. Porque sí, se puede. Y gracias porque encontramos la gran ayuda de GAEX y de todas las personas que la componen.

A ellos y ellas, a él, a mí, GRACIAS.

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